21 Agosto 2008
Vaya por delante mi pesar por el accidente aéreo de ayer en Barajas. En condiciones normales no habría aprovechado un hecho así para escribir en el blog (ya lo habréis observado, nunca me centro en la actualidad más destacada). Pero, tras dar un repaso a la prensa online y escuchar un editorial en la radio, no me he resistido a lanzarme al teclado con ganas de repartir Espinas a diestro y siniestro.
Indigna ver cómo ciertos medios de comunicación utilizan su mejor retórica para transmitir noticias terribles como la de ayer. Que lo hagan en televisión sorprende menos, especialmente si se trata de conexiones en directo. En cierta manera, no te extraña oír a una reportera destacada en el aeropuerto sentenciando (más que preguntando) al familiar de un pasajero que todavía no tiene noticias sobre éste: “Usted ya ha perdido la esperanza”. Cosas del directo, prefieres pensar, aunque intuyes que, en realidad, más de uno lo hace por una tendencia inherente a buscar el morbo. Sorprende más ver que, un día después del accidente, cuando ya no se puede achacar al directo, algunos resúmenes en radio o prensa se unen a ese sensacionalismo. No hace falta que os lo cuente, a mí me gusta cargar de literatura los posts que escribo; por eso aprecio las noticias que aportan un toque literario a la información, que buscan la originalidad. Pero no en casos como éste. Cuando se habla de una tragedia, no me gusta ver cómo algunos echan mano de la vena literaria para describir el “panorama dantesco” o la consternación de familiares y de testigos del accidente. En estos casos, se diría que muchos afilan sus lápices (o lenguas) para mostrar sus dotes como escritor. Y creo precisamente que en estos casos tendrían que relatar los hechos con la mayor neutralidad posible. Información y punto. Nada de recrearse en detalles morbosos.
Pero claro, es sólo una opinión personal. Puede que yo ande totalmente equivocada y sea justo eso lo que pide el público. Y en este caso, como en todo negocio, de lo que se trata es de vender cuanto más mejor… Aun así, ¿es una excusa legítima?
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19 Agosto 2008
Dos recomendaciones, una reflexión y una curiosidad. Rapiditas todas ellas, que el tedio veraniego me obliga a ir al grano.
Las recomendaciones:
- La elegancia del erizo, de Muriel Barbery. Una novela que podríamos calificar de refrescante, aunque no deja de tener su profundidad. Quizás lo que le da esa impresión de ligereza es el estilo ágil con el que está escrita y su fino sentido del humor. Es el retrato de los habitantes de un edificio señorial de París desde el punto de vista de dos de sus vecinas: la portera, una mujer leída e inteligente que se esconde tras la máscara de la incultura que se le supone a su clase; y una niña superdotada que no soporta la superficialidad de su familia.
- El tercer policía, de Flann O’Brien. No me importa confesarlo: llegué a este libro a través de Lost. Leí en algún lugar que los guionistas de la serie recomendaban esta novela para entender mejor lo que sucede en la isla, y piqué el cebo. No encontré en ella explicaciones, la verdad… Pero da igual. Descubrí una historia original, irónica, delirante. No sabría decir por qué, pero el viaje de su protagonista por un mundo absurdo plagado de personajes a juego me recordó, salvando mucho las distancias, al viaje de Dorothy en El mago de Oz. Un libro actual, aunque fue escrito a finales de los años 30 y no lo publicaron hasta casi tres décadas después. Imprescindible.
La reflexión:
¿Hasta qué punto es “culpable” el traductor de que nos guste una novela extranjera? Me vino a la cabeza esta pregunta leyendo El tercer policía. Me fascinaba su estilo, ágil y moderno, aunque había sido escrita más de 60 años atrás. Y pensé que, por muy buena que fuera la novela en la versión original, si el traductor no se lo hubiese currado quizás no me hubiera enganchado tanto. No sé cómo funciona el asunto, si los traductores deben ser fieles al estilo del autor o tienen libertad en la traducción… Sea como sea, los hay que se merecen una Flor bien grande por su trabajo.
La curiosidad:
Acabo de leer en lavanguardia.es la historia de una biógrafa que falsificó cartas de celebridades durante años. Estudiaba la vida y el estilo literario de algún actor o autor famoso, se inventaba una carta que el personaje en cuestión podría haber escrito perfectamente y después la vendía como auténtica. Dejando aparte el delito, lo cierto es que su atrevimiento tiene mérito artístico, ¿no creéis?
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11 Agosto 2008
Versión A:
Tiene delito la cosa: levantarse a toque de despertador en pleno mes de agosto. Qué importa si la música a todo decibelio del bar de la esquina y la ola de calor africano se confabularon anoche para evitar que durmieras. Hoy toca bajar temprano a la playa para plantar la sombrilla; un leve retraso y despídete de encontrar un milímetro de arena libre. Todo sea por los niños, piensas, porque a ti ni siquiera te gusta la playa. Te has llevado un libro para aliviar la penitencia, pero se te cierran los ojos en cuanto intentas leer unas líneas. Decides ir a darte un chapuzoncito, a ver si se te reanimas. Mucho te debe de haber afectado el calor porque crees ver al mismísimo dios Neptuno, con su larga barba, montado en una barquita camino a la orilla. Te sumerges en el agua para ahogar esa visión y después vuelves a tu toalla. Los niños se han empeñado en jugar a pelota, pero a ti no hay quien te mueva de tu refugio a la sombra. Coges el libro e intentas leer un poco más. De nuevo te ataca la dichosa somnolencia… Entre sueños, oyes un carraspeo. Abres los ojos lo justo para ver a Neptuno plantado ante ti. “Está muy bien eso de leer en la playa”, te dice. Y te regala una visera como premio. Le das las gracias sin saber aún si lo estás soñando o es que sufres alucinaciones a causa de una insolación. Maldita playa. Qué ganas tienes de acabar agosto.
Versión B:
Qué ganas tienes de acabar agosto. No llevas nada bien eso de madrugar para ir a trabajar sabiendo que todo el universo anda de vacaciones. Qué importa si anoche hacía tantísimo calor que tuviste que bajar al bar de la esquina a tomar algo fresquito; a tu jefe no le conmoverá la historia de tu insomnio si llegas tarde. No te queda más remedio que disfrazarte de Neptuno, aguantar el calor estoicamente e ignorar las ganas de rascarte aunque la barba te pique horrores. El vaivén de la barquita que te lleva a la playa en la que trabajas hoy no mejora las cosas: vas a arrastrar esa somnolencia toda la mañana… Saltas a la orilla ignorando las miradas sorprendidas de los bañistas. Tu objetivo es encontrar un lector entre tanto ocioso. Caminas entre el overbooking de toallas y sombrillas, arrastrando tu túnica por la arena, esquivando a unos críos que juegan a pelota. Por fin divisas a alguien con un libro entre las manos. No se puede decir que esté leyendo porque dormita bajo una sombrilla, pero ya te sirve. Te acercas y carraspeas sonoramente para que sepa que estás allí. Cuando entreabre los ojos para mirarte, le felicitas y le regalas una visera. No entiendes sus balbuceos amodorrados pero intuyes que te ha dado las gracias justo antes de dormirse de nuevo. Y tú, a seguir trabajando. Tiene delito la cosa.
[ Inspirado en una noticia de elpais.com sobre la campaña Lee en la playa. ]
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4 Agosto 2008
Agosto se ha presentado con una ola de calor que amuerma a la neurona más pintada. Así que, si me lo permitís, seré breve en el post de hoy. Una recomendación musical rapidita y vuelvo al dolce fare niente de esta tarde estival.
La recomendación va dirigida especialmente a los que disfrutaron con Lágrimas negras, el trabajo que bordaron Bebo y Cigala con su fantástica fusión de flamenco y bolero. Y es que de fusiones va la cosa… En este caso, la coctelera contiene soul, pop, gospel y, cómo no, una buena dosis de flamenco. El encargado de agitar convenientemente estos ingredientes es Pitingo. Y el resultado son sus soulerías.
Pitingo versiona con su estilo personal canciones de los Beatles, Gloria Gaynor, Bob Marley, Ray Charles y hasta Nirvana, y el resultado es espectacular. Incluso se atrevió a preparar una versión de Gwendoline, de Julio Iglesias, para la película Cándida, de Guillermo Fesser.
Ahí van los vídeos de dos de mis versiones preferidas: Killing me softly with this song y Yesterday. Si alguien se queda con ganas de más, que visite Youtube… O que vaya a ver Soulería, el espectáculo que han montado Pitingo y Juan Carmona. ¡Y que luego nos cuente!
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28 Julio 2008
Soy de las que defienden aquello de vive y deja vivir. El mundo funcionaría mejor si todos siguiéramos esa premisa, ¿no creéis? Sí, lo sé, de ilusión también se vive… Por eso, porque esa premisa no es que esté precisamente al orden del día, es necesario que existan normas para evitar que unos vivan mejor a costa de no dejar vivir a otros.
Esas normas suelen estar regidas por el sentido común… casi siempre. Aunque de vez en cuando nos topamos con alguna ley en la que la lógica parece haber sido sustituida por el surrealismo más absurdo.
Hace ya unos meses leí un artículo que he recuperado para la ocasión. Explica que Florida es uno de los estados que cuenta con más leyes surrealistas en los EE.UU.: desde prohibir que las solteras, viudas o divorciadas se tiren en paracaídas los domingos a multar a cualquiera que ate un elefante a un parquímetro sin sacar el ticket correspondiente. El artículo incluye un link a una web que recopila leyes absurdas norteamericanas. Si no queréis tener problemas con las autoridades de turno, ni se os ocurra, por ejemplo, cruzar los límites del estado de Minnesota con un pato en la cabeza, sorber la sopa en New Jersey o fingir que tenéis padres ricos en Washington. Lo mejor de estas leyes no es lo que te hacen reír, sino imaginar el contexto en el que debían de estar sus creadores para llegar a establecer normas tan curiosas.
Que conste que las leyes absurdas no son exclusividad de los estadounidenses. Dicen que en Francia es ilegal llamar Napoleón a un cerdo, y que los taxis londinenses tienen prohibido transportar cadáveres o perros rabiosos. En Japón se ha aprobado recientemente una normativa para combatir el sobrepeso regulando los centímetros que deben medir las cinturas de sus ciudadanos. Y hace cosa de un mes descubrimos la ley de noticias felices en Rumanía, que obligaba a ofrecer el mismo porcentaje de noticias buenas y malas en los medios de comunicación rumanos.
Claro que, en algunos casos, lo de prohibir tiene su jusificación. Lo digo por esa norma que no deja que los padres pongan a sus hijos cualquier nombre que se les antoje, para evitar así ofensas o humillaciones. Eternamente agradecida debe de estar la niña a la que sus progenitores tuvieron la ocurrencia de llamar Talula hace el Hula de Hawai.
Ya lo dice una amiga mía: “Habemos gente pa’ tó”…
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