mondorinólogos.

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Equilibrio entre flores y espinas

Bye, ojazos

28 Septiembre 2008

Lo cierto es que me he pasado un buen rato pensando qué podía escribir para rendir mi particular homenaje a Paul Newman. Hoy se han publicado tantas y tan sentidas referencias a “los ojos azules del cine” que he acabado decidiendo que no iba a escribir yo más de lo mismo. A cambio, quiero recomendaros dos vídeos conmemorativos que me han gustado especialmente.

El primero es un homenaje a su faceta como actor. No se escucha su voz, pero los gestos y las expresiones hablan por si solos. El segundo es el tributo que la ha dedicado Newman’s Own, la fundación que creó Paul con motivos benéficos. Quedaos también con los comentarios que han escrito los usuarios bajo los dos vídeos… Y es que el chico (olvidaos de sus ochenta años: sus ojazos seguían siendo jóvenes) se hacía querer. Por su talento, por su atractivo y por su humanidad.

La Flor de hoy es indiscutible. Te echaremos de menos, Paul. :-(

El domador del viento

16 Septiembre 2008

Ésta es la historia de un niño que pretendía domar el viento. “¿Estás loco?”, le decían en el pueblo, “nadie puede domar el viento”. El niño no les hacía caso: quería que el viento silbara una melodía compuesta por él y estaba decidido a enseñársela. Así que, cada día, el aprendiz de domador se plantaba ante el viento y silbaba su melodía una y otra vez, a ver si así conseguía que éste se la aprendiera de memoria. Claro que el viento, que era un espíritu libre, no atendía a las lecciones del niño; en vez de eso, hacía travesuras con él. Le enredaba el pelo, agitaba el polvo a su alrededor, le hacía cosquillas en la nariz… “Déjalo estar”, le decían en el pueblo, “nadie puede domar el viento”. Pero el niño no se daba por vencido. Seguía silbando su melodía al viento una y otra vez. Hasta que un día, por fin, el viento se la aprendió y la repitió. Nadie en el pueblo volvió a cuestionar las dotes del niño como domador.

Este minicuento está basado en hechos reales: la historia de William Kamkwmamba, un adolescente de Malawi que construyó un molino de viento con la única ayuda de un libro de texto y materiales reciclados. Para cualquier chico del “Primer Mundo” no habría sido más que un simple juego; para William fue toda una hazaña que permitió a su pueblo acceder a la electricidad. Y lo primero que hizo el chico al conseguir electricidad fue dar vida a una pequeña radio que emitía canciones tradicionales.

Podéis leer la historia completa en elpais.com o verla en el documental Moving Windmills. Atención sobre todo a las imágenes del vídeo con las reacciones de William en su primer viaje a Nueva York. Realmente preciosas. Lo mismo que la escena en la que visita un campo de molinos de viento de última tecnología y comparte vivencias con un experto en el tema.

Ve con Momo

8 Septiembre 2008

No recuerdo quién dijo que la literatura infantil es aquella literatura que también pueden leer los niños, pero qué definición más acertada hizo. Porque las historias infantiles (las buenas historias) pueden hacernos disfrutar a los adultos. O incluso reflexionar.

Acabo de leer todo un clásico del género, Momo. Ya había leído otras obras de Michael Ende, pero no esta novela. Y lo he hecho casi por casualidad: no fui yo a buscar a Momo; ella me vino a buscar a mí. Estaba en la biblioteca buscando algo en la sección de adultos cuando descubrí, fuera de lugar, un ejemplar de esta novela. Alguien se ha equivocado al ordenar los libros, pensé. Como le tenía ganas desde hacía tiempo, la cogí. Ahora creo que no era descabellada su presencia entre los libros para adultos…

Momo lleva por subtítulo “La extraña historia de los ladrones de tiempo y de la niña que devolvió el tiempo a los hombres”. Esa frase resume su argumento. Para los críos puede ser una interesante aventura fantástica con mensaje incluido: cuida de tu tiempo y de tus amigos. Para los adultos es una historia que invita a reflexionar sobre nuestro ritmo de vida y sobre nuestras prioridades a la hora de gestionar el tiempo.

En la novela aparecen los hombres grises, unos seres siniestros que regentan el Banco del Tiempo y que incitan a los humanos a ahorrar el máximo de horas posible para, supuestamente, disfrutar de ellas más adelante. Siguiendo los consejos de estos seres, los humanos sacrifican el tiempo dedicado a cosas “secundarias” como la familia, los amigos o el ocio para ahorrar. Se vuelven irritables, van siempre estresados y se refugian en el consumismo. Momo, una niña con un don muy especial (sabe escuchar a la gente), deberá enfrentarse a los hombres grises para conseguir que sus amigos vuelvan a ser felices.

La novela tiene más de 30 años, pero es tan actual que podría haber sido escrita por un downshifter de nuestros días para reivindicar la importancia de la calidad de vida. Ende no sitúa la historia en ningún momento concreto: podría pertenecer al pasado o al futuro. Y eso hace que nos la podamos tomar como una advertencia.

“Ve con Momo” es la recomendación que hacen los amigos de la niña cuando conocen a alguien que necesita ser escuchado. Es, en cierto modo, un deseo de buena voluntad. Ahí va otra recomendación: leed la novela. Y sacad vuestras propias conclusiones.

Síndrome de Estocolmo

2 Septiembre 2008

Inevitable en esta época del año: todos hablan del síndrome postvacacional. Parece que volver al trabajo deprime, y sus efectos no son nada secundarios sino trastornos de primer orden. Tristeza, insomnio, fatiga, dolores musculares, irritabilidad…

¿Tanto hemos disfrutado en vacaciones que ahora no sabemos vivir sin ellas? Venga ya, seamos sinceros. Seguro que el verano no ha sido tan bueno como queremos recordar, y reconocerlo puede ayudarnos a hacer más llevadera la vuelta al curro. Hagamos la prueba: ¿quién no ha encontrado alguna de estas desventajas a las vacaciones?

1. La más tópica, que son muy cortas. Se supone que deben servir para recargar pilas y desconectar de la rutina laboral. Pero, ¿cómo conseguirlo, si necesitamos la primera semana para olvidar el trabajo y la última la pasamos angustiados porque toca volver a trabajar? Por mucho que dejemos de ir a la oficina, los recuerdos del curro siguen dando vueltas en nuestra cabeza. Así que recapitulemos: imprescindible una semana de desintoxicación, otra semana de mentalización… ¿Qué queda de vacaciones reales?

2. Si lo que queremos es relajarnos, ¿por qué nos buscamos un viaje organizado al lugar más remoto posible? Aguantamos estoicamente colas para subir al avión, madrugones, olas de calor, visitas a golpe de pito, indigestiones… Y lo que es peor, lo hacemos todo igual que el resto de turistas: compramos las mismas postales, hacemos las fotos a los mismos monumentos o regateamos con los mismos lugareños para comprar el mismo recuerdo. Al final, acabamos las vacaciones más estresados que cuando las comenzamos y con la sensación de no haberlas disfrutado. Aunque siempre nos quedarán las miles de fotos que hemos hecho, que nos servirán para descubrir, a posteriori, dónde hemos estado.

3. La opción de pasar unos días en el pueblo no es que sea mucho mejor. Más barata sí, pero igual de cara en cuanto a desgaste emocional. Nos obliga, de entrada, a perder dos días: el primero, porque retrasamos nuestro viaje para evitar la operación salida; el segundo, porque coincidimos en la carretera con los millones de coches que han querido evitar, como nosotros, la operación salida. Al llegar al pueblo, toca enfrentarse a la familia. Como no nos ven desde el verano pasado, se creen en la obligación moral de hacernos notar que hemos engordado o envejecido y se empeñan en explicarnos la vida de todos y cada uno de nuestros parientes…

4. Si la crisis nos fuerza a quedarnos en casa por falta de presupuesto, nos hacemos el propósito de aprovechar el verano en la ciudad para realizar actividades que no podemos hacer durante el resto del año. Aunque eso dura poco y acabamos haciendo lo mismo que siempre, pero en chanclas y camiseta de tirantes. Lo malo es que, al no ir a trabajar, tenemos muchas horas libres… Al principio hace ilusión dormir hasta tarde, bajar a hacer el aperitivo al bar de la esquina o salir a dar una vuelta cuando anochece. Pero todo eso acaba aburriendo también. Y la tele no es que ayude demasiado: películas repetidas hasta la saciedad, las aventuras en Ibiza del famoso de turno o Phelps acaparando medalla tras medalla.

5. Murphy (el de las leyes gafes) no cierra por vacaciones. Así que, si algo tenía que ir mal, va mal. Si nuestra intención es dormir, cada noche nos regalan una bonita sesión de obras en la vía pública o un botellón bajo el balcón. Si vamos a la playa, nos atacan las medusas o nos convierten en gambas los rayos de sol. Si viajamos a un pueblo recóndito, sufrimos el mono que provoca estar sin cobertura en el móvil o sin acceso a Internet. Si queremos apalancarnos en el sofá a ver cómo Phelps se lleva el oro, se nos estropea la tele; y a ver quién encuentra un técnico en pleno mes de agosto.

6. Volver al curro tras las vacaciones es volver a la cruda realidad. Nos damos cuenta de que nadie ha estado ahí haciendo nuestro trabajo mientras nos tumbábamos a la bartola, con lo que tenemos sobre la mesa las tareas acumuladas de un mes. Por no hablar de la ristra infinita de e-mails que nos espera… No sabemos por dónde empezar y nos arrepentimos de no haberlo dejado todo planificado antes de marchar, en vez de pasar los días previos a las vacaciones pensando (qué ilusos éramos entonces) en lo bien que lo íbamos a pasar.

¿Alguien se ha sentido identificado con alguno de estos puntos? Pues tiene suerte, porque si llega a la conclusión de que las vacaciones están mitificadas no le resultará tan duro volver al curro.

Claro que, si la terapia del autoengaño no sirve, aún queda otra solución: la terapia del consuelo. Pensar que las próximas vacaciones están prácticamente a la vuelta de la esquina y que nunca es pronto para empezar a planificarlas… ¡Ánimo a todos! ;-)