mondorinólogos.

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Equilibrio entre flores y espinas

Miranda July o la cuestión real

24 May 2009

Si este post fuera un cuento de Miranda July, empezaría diciendo: “No soy de esa clase de personas a las que les interesa la familia real inglesa”. No me interesa en absoluto. Pero hace unos días llamó mi atención una noticia sobre el encuentro entre el príncipe William y una anciana a la que sus 109 años liberan de cualquier tipo de protocolo. William visitó por sorpresa la residencia de ancianos en la que vive Catherine Masters, y la centenaria dama aprovechó para ofrecerle un consejo totalmente gratuito para su abuela. Al parecer, la reina suele enviar una felicitación de cumpleaños a todos los británicos que superan los 100 años. Después de recibir nueve de esas felicitaciones, la señora Masters decidió que era el momento de pedir explicaciones a la reina por aparecer en la foto siempre con el mismo vestido. Y eso es lo que hizo cuando tuvo a William a su alcance. Otras versiones de la noticia aseguran que la anciana había enviado una carta de queja a la casa real, y que el príncipe acudió por sorpresa a la residencia para disculparse en nombre de su abuela.

Sé que no es más que una simple anécdota; fueron las coincidencias las que me hicieron prestarle antención. Porque me recordó a la abuela de un amigo, que solía presumir ante su familia (y así lo creía realmente) de tomar el té con la reina de Inglaterra. Y, sobre todo, porque me hizo pensar en un curioso cuento que acababa de leer: Majestad, de Miranda July. La protagonista de ese cuento se obsesiona con el príncipe William después de soñar con él. A ese relato pertenece la primera frase de este post… La historia forma parte de Nadie es más de aquí que tú, una colección de cuentos muy recomendable.

Descubrí a Miranda July hace poco más de un mes, al leer un interesante artículo sobre ella en El País. Me gustó cómo la describía el periodista y me gustó la naturalidad con la que July respondía a sus preguntas. Me atrajo su faceta múltiple de escritora, directora de cine y artista plástica. Aunque lo que me acabó de decidir a leer sus cuentos fue entrar en la web que los promociona. En ella, July plantea un original juego para animar a los usuarios a adquirir su libro, en el que intervienen el techo de su nevera, un rotulador negro, los fogones de su cocina y grandes dosis de creatividad e ironía. Pensé que si sus cuentos seguían esa línea valía la pena leerlos. No me equivoqué.

Los relatos de Nadie es más de aquí que tú son, podríamos decirlo así, personales e instransferibles. Tienen una voz propia fácilmente reconocible, tanto en la forma de contarlo (son ágiles, directos, con algunas concesiones gramaticales de cosecha personal como diálogos sin guiones iniciales) como en lo que cuenta. Sus historias son sinceras. De acuerdo que algunas de las situaciones que explica son bastante extrañas y pueden parecer poco creíbles, pero aun así resultan honestas por lo real de los sentimientos que transmiten. Miranda July habla de la tristeza, la incomprensión, la soledad, el amor o el sexo con total naturalidad, sin tapujos. Golpea con cierta crudeza donde más duele, inquieta. Cuando introduce el humor o la ironía, sus historias dejan un regusto agridulce en la boca del lector. Pero sus cuentos seducen por la honestidad con la que escribe. Y por lo bien que escribe.

¿Os apetece enfrentaros a un baño de realidad? Pues leed los cuentos de Miranda July. Y preparaos para algo bueno.

Cabras jardineras

5 May 2009

Mucho trabajo últimamente y poco tiempo para dedicarlo al blog. ¿O eso es sólo una excusa y en realidad me puede una pereza imperdonable? Sea como sea, la Espina de este post me la he ganado a pulso. Autoadjudicada está.

Buscando en la red algún tema sobre el que hablar para salir del paso al menos unos días y poder dormir sin remordimientos, he tropezado con una noticia curiosa. Cuenta Google en su blog (y algunos periódicos lo comentan en sus páginas) que tiene previsto contratar a 200 trabajadores temporales para cortar el césped que rodea al edificio de la compañía. La noticia no llama la atención por el contraste que supone ampliar la plantilla con tanta mano de obra cuando muchas otras multinacionales hacen frente a la crisis repartiendo finiquitos a discreción. Llama la atención porque los nuevos empleados de Google serán cabras. Su trabajo consistirá en hacer lo que mejor saben hacer: comer y cagar. Además de cortar el césped, lo fertilizarán a su paso.

La empresa ha optado por las cabras, asegura, porque cuestan lo mismo que los cortacéspedes mecánicos, pero son más ecológicas y alegran mucho más la vista. Así que la Flor de hoy va para el ingenioso personaje al que se le ocurrió la idea. Y no es ironía: me parece una solución original. Las cabras jardineras no sólo respetan el medio ambiente sino que, como acción de marketing, resultan francamente eficaces.