28 December 2010
Tras largo tiempo dedicado al estudio de los cuentos de hadas, el profesor Jacob Harris acabó convencido de que los anfibios encantados existían realmente. Creía que en algún lugar inexplorado vivían príncipes y princesas transformados en sapos o ranas por el maleficio de alguna bruja vengativa. Para demostrar su teoría, Jacob decidió viajar a los lugares más remotos. Su objetivo era besar a cada anfibio que encontrara y apuntar meticulosamente los efectos de su beso en una libreta.
Durante años, la libreta de Jacob permaneció en blanco porque no obtuvo resultados. Pero un día descubrió una rana junto a una charca recóndita y tuvo la certeza de que era la elegida. Lo supo porque no hizo ademán de huir cuando él se acercó y por la manera en que brillaban sus ojitos saltones al mirarle. Incluso parecía sonreírle. Intuyendo que había encontrado lo que llevaba tanto tiempo buscando, Jacob besó a la rana.
La transformación comenzó exactamente tres segundos después. Aunque no fue la rana quien experimentó los cambios, sino Jacob. Lo cierto es que él no pareció muy sorprendido de acabar convertido en sapo. Miró a la rana con los mismos ojitos saltones con los que ella le observaba a él: ahora sí, estaba seguro de que la rana sonreía. Y se dijo que ninguna princesa podría tener nunca una sonrisa tan bonita.
La rana brincó a la charca y Jacob le siguió. Atrás quedaron su libreta de apuntes, su ropa y sus gafas de profesor. No le importó desprenderse de nada de aquello: sabía que su rana y él vivirían felices. Y comerían lombrices.

Imaginé el microrrelato a partir de este dibujo, que es obra de Clara Valera. Forma parte del proyecto Escríbeme una ilustración, según el cual varios autores nos atrevimos a asumir el reto de poner palabras a las imágenes creadas por Clara.
En su blog podéis encontrar información sobre el proyecto. Y en el blog de Escríbeme una ilustración descubriréis el resto de historias.
(Publicado en Equilibrios)
24 December 2010
Disfrazado de Papá Noel, me cuelo en las casas para llevarme todo lo que encuentro bajo el árbol. Nadie sospecha de mi saco repleto. Pero la casa en la que estoy ahora me desconcierta: no hay regalos, no hay árbol… “Mamá dijo que no vendrías por la crisis”, suelta una voz de niño a mi espalda. Nervioso, improviso algo: “¡Claro que he venido! Deberías estar durmiendo”. El niño asiente y vuelve a su cuarto. Antes de huir, elijo tres paquetes de mi saco y los dejo junto a la ventana. Abandono la casa algo confundido.
(Publicado en Equilibrios)
10 December 2010
Cuentos y más, una web argentina dedicada a los cuentos cortos, organizó hace unas semanas un concurso titulado Caperucita en tiempos del Twitter. El objetivo era escribir una versión del famoso cuento de Caperucita Roja en no más de 140 caracteres. En un tuit, vamos.
Dos de los cuentuitos que presenté al concurso han conseguido una mención especial:
- - “Es él”, dijo Caperucita señalando al tercer sospechoso. Lobo palideció. Ogro, Bruja y Duende respiraron aliviados.

- - Caperucita miró a Lobo decepcionada. Ojos grandes, nariz afilada y amplia sonrisa, había dicho él… Maldito chat sin foto.
Los otros cuentuitos no tuvieron tanta suerte, pero os los dejo igualmente:
- - Caperucita conoció a un príncipe y cambió el bosque por la vida en palacio. Lobo decidió buscarse otro menú: ¿qué tal cerdito?

- - “¡Yo no me comí a esa vieja!”, gritó Lobo tras los barrotes. “Soy vegetariano, ¿por qué no me creen? ¡Exijo un abogado!”.

- - Llegó sólo 10 minutos tarde, pero Caperucita ya se había ido. El plan de Lobo había fracasado. Aquel día se quedó en ayunas.

- - Lobo feroz cambia cuento con niña impertinente, abuela enferma y casita en el bosque por telenovela de lujo y glamour.

- - La puerta abierta. Oscuridad y silencio. Caperucita traga saliva: tiene un mal presentimiento… Aun así, entra en la casa.

- - Aquel visitante era algo siniestro pero a Abuelita no le importó. Estar enferma le aburría. “¿Juegas al póquer?”, le preguntó.

- - Comer abuelas, disfrazarse, mentir, comer niñas, pelear con cazadores… Demasiadas emociones. Lobo pidió la baja por estrés.

- - Te extrañará recibir mi carta, Caperucita. Soy un lobo preocupado. Desde que me mudé aquí, no dejo de vomitar abuelitas…

- - Harto de la rutina, Lobo quiso variar el cuento. Caperucita lo encontró tomando el té con Abuelita. Le había llevado flores.
Si queréis leer el resto de versiones de Caperucita que participaron en el concurso (más de 650), las encontraréis aquí.
(Publicado en Equilibrios)