Apuntes literarios
19 Agosto 2008Dos recomendaciones, una reflexión y una curiosidad. Rapiditas todas ellas, que el tedio veraniego me obliga a ir al grano.
Las recomendaciones:
- La elegancia del erizo, de Muriel Barbery. Una novela que podríamos calificar de refrescante, aunque no deja de tener su profundidad. Quizás lo que le da esa impresión de ligereza es el estilo ágil con el que está escrita y su fino sentido del humor. Es el retrato de los habitantes de un edificio señorial de París desde el punto de vista de dos de sus vecinas: la portera, una mujer leída e inteligente que se esconde tras la máscara de la incultura que se le supone a su clase; y una niña superdotada que no soporta la superficialidad de su familia.
- El tercer policía, de Flann O’Brien. No me importa confesarlo: llegué a este libro a través de Lost. Leí en algún lugar que los guionistas de la serie recomendaban esta novela para entender mejor lo que sucede en la isla, y piqué el cebo. No encontré en ella explicaciones, la verdad… Pero da igual. Descubrí una historia original, irónica, delirante. No sabría decir por qué, pero el viaje de su protagonista por un mundo absurdo plagado de personajes a juego me recordó, salvando mucho las distancias, al viaje de Dorothy en El mago de Oz. Un libro actual, aunque fue escrito a finales de los años 30 y no lo publicaron hasta casi tres décadas después. Imprescindible.
La reflexión:
¿Hasta qué punto es “culpable” el traductor de que nos guste una novela extranjera? Me vino a la cabeza esta pregunta leyendo El tercer policía. Me fascinaba su estilo, ágil y moderno, aunque había sido escrita más de 60 años atrás. Y pensé que, por muy buena que fuera la novela en la versión original, si el traductor no se lo hubiese currado quizás no me hubiera enganchado tanto. No sé cómo funciona el asunto, si los traductores deben ser fieles al estilo del autor o tienen libertad en la traducción… Sea como sea, los hay que se merecen una Flor bien grande por su trabajo.
La curiosidad:
Acabo de leer en lavanguardia.es la historia de una biógrafa que falsificó cartas de celebridades durante años. Estudiaba la vida y el estilo literario de algún actor o autor famoso, se inventaba una carta que el personaje en cuestión podría haber escrito perfectamente y después la vendía como auténtica. Dejando aparte el delito, lo cierto es que su atrevimiento tiene mérito artístico, ¿no creéis?