8 March 2010
Debo confesarlo: aquí la que escribe, desde sus tiempos mochuelos y hasta no hace demasiado, era pesimista hasta la médula. Mi primera reacción ante cualquier problema era hundirme. Después ya sí: reaccionaba, me ponía las pilas e intentaba solucionar el problema; pero el mal trago, de entrada, ya lo había pasado.
Me costó creer que siendo optimista las cosas van mejor. No hablo de secretos universales o de historias semifantásticas sobre imanes que atraen el buen rollo… Me refiero a que las cosas nunca saldrán bien si tú eres el primero en creer que no lo harán, porque no darás ni un solo paso para arreglarlas. Si crees que tienen solución, en cambio, harás lo que esté en tu mano para cambiarlas. Y eso es un buen comienzo.
Ahora intento aplicar el optimismo en mi día a día. Evidentemente, no siempre lo consigo; tantos años ejerciendo de pesimista convencida acaban marcando… Pero por poco que pueda recurro a aquello de que de no hay mal que por bien no venga.
Dicho esto, entraré en materia. Me parece genial la iniciativa Esto sólo lo arreglamos entre todos que ha puesto en marcha la Fundación Confianza (impulsada por el Consejo Superior de Cámaras y por varias empresas) para generar precisamente eso, un poco de confianza, entre la población. Lo cierto es que nos hacía falta un toque de atención para ayudarnos a ver que la crispación no soluciona nada, para recordarnos que al final del túnel siempre hay luz… Y que, si le echas creatividad e iniciativa, la crisis puede llegar a convertirse en oportunidad. Por ese lado, ahí va una Flor.
Pero también hay una Espina que conceder… Y es que tiene delito que haya tenido que ser precisamente una iniciativa privada la que se proponga levantar los ánimos a la población. Que nos invite a buscarnos la vida porque, si no lo arreglamos nosotros, nadie lo va a hacer. ¿Y los políticos, entre tanto, qué? Pues se les ve bastante ocupados haciéndose reproches unos a otros y midiendo sus fuerzas como colegiales en un patio de colegio. Parecen olvidar que ya tienen una edad… Una edad y una responsabilidad.
Está claro que la iniciativa personal es indispensable para hacer frente a esta crisis. Pero no basta. Y ante la falta de compromiso de los responsables para encontrar soluciones no es de extrañar que hayan nacido varios grupos de protesta por la campaña, como explica un artículo en El Mundo. Y es que por mucha confianza que le echemos, si los de arriba no ponen de su parte, no podremos arreglarlo…
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24 January 2010
En algún sitio alguien debe de haber escrito que entrar en el mercado laboral es acceder a participar en un juego de competitividades en el que los más ambiciosos, los más entregados a la causa y, en ocasiones, los menos escrupulosos son quienes consiguen el éxito. Y lo peor es que nos lo creemos. Trabajar más horas que nadie, llegar antes y más lejos que nadie, pasar por encima de más colegas que nadie… Hay quien considera que ésa es la receta para ser el mejor en el trabajo. Y, de rebote, para ser feliz.
Desde los mondorinólogos ya he defendido alguna vez el downshifting (ya sabéis, aquello de priorizar la calidad de vida sobre el éxito profesional) y, a partir de ahora, me declaro también fan absoluta de la filosofía laboral creada por Fred Hartmann. Es el responsable de Vita Needle, una pequeña compañía de Boston dedicada a la fabricación artesana de agujas y cañerías. Lo innovador de su filosofía es que un buen día decidió contratar a jubilados para trabajar en su empresa. Así que ahora la media de edad en Vita Needle ronda los 75 años.
Si miráis algún vídeo sobre la compañía puede que os parezca bastante rancia, con tanta estantería repleta de trastos y tanta maquinaria antigua… Pero lo cierto es que Vita es todo un ejemplo de éxito profesional. Desde que Hartmann implantó su nueva filosofía, el rendimiento de la empresa ha crecido considerablemente. ¿Cómo es posible -podríamos pensar- si la mayoría de los que trabajan allí son viejos? La respuesta es sencilla: por su alto nivel de implicación con lo que hacen. Todos los empleados de Vita acuden allí porque quieren trabajar, porque se niegan a quedarse en casa y sentirse inútiles el resto de su vida.
El ambiente que reina allí es distendido; no hay rivalidades porque nadie quiere demostrar más que nadie. No necesitan hacerlo. Y es que todos tienen su lugar en la empresa. Cada uno organiza su horario como mejor le conviene y tiene libertad para ausentarse de la oficina por asuntos médicos o compromisos familiares. Y parece que así, sin presiones, sin competitividad, se trabaja mucho mejor. Aunque te hayas echado un montón de años a la espalda y la artritis te impida mover los dedos con tanta agilidad como te gustaría. Eso sí, la empresa pide un requisito indispensable a su gente: que sean capaces de subir y bajar a diario los 19 escalones que separan la oficina de la calle. Es el programa de salud implantado por Hartmann…
Vita Needle y sus empleados son los protagonistas de un documental alemán titulado Pensionistas, S.A. que Bertram Verhaag dirigió en 2008. Yo lo descubrí hace algunos días, por eso os hablo ahora de él. El documental muestra el día a día de estos entrañables jovencitos con sobrada experiencia vital (a partir de ahora me voy a andar con ojo antes de describir a alguien como anciano). Y al mismo tiempo reflexiona (y nos hace reflexionar) sobre los prejuicios de una sociedad empeñada en hacernos creer que un jubilado, por el mero hecho de superar los 65 años, deja de ser útil en el mercado laboral y pierde valor frente a cualquier joven.
La Espina de este post va hacia esa sociedad estereotipada y competitiva. Por suerte, hay quien sabe plantarle cara con propuestas alternativas… Y además hacer negocio.
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6 October 2009
Podéis leer en elpaís.es una interesante reflexión de Emma Riverola sobre Facebook y su capacidad ilimitada de guardar nuestros (vuestros, que yo sigo ajena a él) recuerdos, hasta los más insignificantes, hasta los más comprometedores, incluso cuando haya pasado tiempo suficiente como para querer borrarlos de nuestra (vuestra) memoria. La autora compara esa capacidad con la hipermnesia, una rara enfermedad que lleva al que la sufre a recordar absolutamente todo lo que sucede en su vida.
La comparación puede parecer exagerada, pero lo interesante es quedarse con la intención. Riverola nos recuerda que la vida es evolución: lo que nos parece blanco definitivo hoy puede convertirse en negro relativo de aquí a unos años. Y puede que en ese momento no nos apetezca que alguien venga a echarnos en cara ese cambio porque tiene las pruebas, que un día estuvieron colgadas en una red social, o porque fue testigo de nuestro pasado y ha reaparecido tras localizarnos a través de esa misma red social. No se trata de esconderse; se trata de tener libertad para evolucionar como quieras y guardar sólo para ti, si así lo deseas, el pasado que dejas atrás.
El artículo habla también de la necesidad de exhibicionismo social. “El anonimato produce terror, del mismo modo que asusta la soledad”, dice Riverola. Sus palabras dan que pensar… ¿Por qué tenemos miedo a ser diferentes; a expresar una opinión propia, si se sale de lo común, y arriesgarnos a no ser aceptados por el resto?
Echadle un ojo al artículo. Estéis o no de acuerdo con lo que plantea, vale la pena leerlo.
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20 September 2009
Hace unos días leí en El Periódico un artículo sobre el fenómeno creciente de los monosellers, esos libros de los que todo el mundo habla y que, por supuesto, todo el mundo lee. Superan con creces la categoría de bestsellers porque no se conforman con vender lo indecible: cuando aparecen en escena, consiguen que cualquier otra novedad literaria quede eclipsada. Con un nuevo Larsson, Rowling o Brown en perspectiva, ¿quién se fija en otros títulos?
El artículo denuncia los efectos negativos que los monosellers provocan en la industria. Las ventas millonarias logradas por estos fenómenos contrastan con el descenso en el volumen de ventas del resto de libros. Ya no se trata sólo de que muchos lectores no tengan ojos para otros títulos, sino que, además, parece que tampoco las librerías dedican el mismo interés a las lecturas alternativas: sus pedidos se reducen para dejar espacio en mesas y estanterías a la apuesta segura de los monosellers.
Otro artículo reciente, publicado esta vez por la revista inglesa The Bookseller, explica cómo, ante la experiencia vivida con el boom de ventas de El Código Da Vinci, muchas editoriales decidieron atrasar sus novedades de septiembre para no coincidir con el lanzamiento de la última novela de Dan Brown. Sabían que The Lost Symbol centraría la atención tanto de la prensa como del público, así que, ¿para qué molestarse?
Lo peor, en mi opinión, no es el canibalismo de los monosellers sobre el resto de novedades. Lo peor es que la literatura se acabe sometiendo, como el vestir, a los dictados de la moda. Que todos acabemos leyendo lo mismo, o paseando el mismo libro camino del trabajo, porque es lo que toca leer. De acuerdo que algunos monosellers responden a las expectativas creadas y cuentan con una gran calidad, pero el interés literario de otros no está a la altura de la espectacular campaña de marketing que los ha dado a conocer. Si leer uno de estos últimos supone perderse la lectura de otro libro menos popular que sí habría valido la pena, mal asunto…
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5 May 2009
Mucho trabajo últimamente y poco tiempo para dedicarlo al blog. ¿O eso es sólo una excusa y en realidad me puede una pereza imperdonable? Sea como sea, la Espina de este post me la he ganado a pulso. Autoadjudicada está.
Buscando en la red algún tema sobre el que hablar para salir del paso al menos unos días y poder dormir sin remordimientos, he tropezado con una noticia curiosa. Cuenta Google en su blog (y algunos periódicos lo comentan en sus páginas) que tiene previsto contratar a 200 trabajadores temporales para cortar el césped que rodea al edificio de la compañía. La noticia no llama la atención por el contraste que supone ampliar la plantilla con tanta mano de obra cuando muchas otras multinacionales hacen frente a la crisis repartiendo finiquitos a discreción. Llama la atención porque los nuevos empleados de Google serán cabras. Su trabajo consistirá en hacer lo que mejor saben hacer: comer y cagar. Además de cortar el césped, lo fertilizarán a su paso.
La empresa ha optado por las cabras, asegura, porque cuestan lo mismo que los cortacéspedes mecánicos, pero son más ecológicas y alegran mucho más la vista. Así que la Flor de hoy va para el ingenioso personaje al que se le ocurrió la idea. Y no es ironía: me parece una solución original. Las cabras jardineras no sólo respetan el medio ambiente sino que, como acción de marketing, resultan francamente eficaces.
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